The end has no end

Pasan los días, y las decenas de relojes que adornan las paredes me golpean segundo a segundo, eran de mi abuelo, relojero toda su vida, siguiendo el oficio de su padre. Cuántas personas que quise, y otras que nunca conocí, han visto partir, es extraño.

No sé, es irónico cómo terminé lleno de odio por tratar de evitarlo, en parte, por no dejar que el tiempo me lave como sabe hacer, es el mejor remedio, dicen algunos. No creo en ese tipo de estupideces.

Nada nuevo, lo mismo de siempre, exceptuando la nueva cara ‘fanático-religiosa moralista a lo buena onda’ de la tele y otros medios, me apestan, me da asco cómo pueden lucrar con el sufrimiento de miles de familias chilenas que quedaron en la calle. En parte, son las masas las que fomentan y alimentan al mismo monstruo que les quita libertades. Idiotas, idiotas todos.

Acústicas de color naranja y con sabor a tabaco adornan el aire. Extrañaba todo esto.

Una sobredosis de las líricas retorcidas de The Doors y un par de ideas en forma de humo.

Sí, lo extrañaba un poco.

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